Mostrando entradas con la etiqueta Mitos urbanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mitos urbanos. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de mayo de 2019

Indiana Jones en la Patagonia

Existe en Argentina una fundación que estudia la relación entre una meseta rocosa conocida como el Fuerte, en Río Negro, y las supuestas andanzas de los templarios por el continente americano con la misión secreta de fundar la Ciudad de los Césares y proteger el Santo Grial.



A 41º de latitud sur y 65º de longitud oeste, dentro del Golfo San Matías, a unos 15 kilómetros de San Antonio Oeste y en las cercanías de la ciudad balnearia de Las Grutas, se encuentra lo que se conoce hoy como el Fuerte Argentino, que hasta hace poco se llamaba Fuerte Abandonado. Los miembros de la Fundación Delphos lo consignan como una de las tres construcciones realizadas por los Caballeros Templarios en la Patagonia. Dicen que quizás ayer el Fuerte fue una de las ciudades de los Césares, construida por los templarios para salvaguardar su más preciado tesoro, el Santo Grial.


La Fundación

En su página web, la Fundación Delphos –que se constituyó en 2001, aunque venía trabajando como Grupo Delphos desde varios años atrás– se define como “un equipo multidisciplinario que opera conocimientos, signos y ritos con el fin de viabilizar el tránsito de nuestro mundo hacia la próxima era”.

Entre sus objetivos, se cuentan “estudiar, profundizar, desarrollar, difundir y actuar el pensamiento tradicional”, para lo que dicen promover “todas las acciones que llevan a descubrir y clarificar las verdades históricas que iluminan el conocimiento tradicional”, apoyando “la búsqueda de símbolos y reliquias sagradas que hacen a nuestro acervo cultural”.

Dentro de este marco, la Fundación “no reconoce límites preconcebidos religiosos, étnicos, ni ideológicos de ningún tipo, siempre que sus visiones se ajusten a los eternos principios de verdad, justicia y amor”.

La Fundación Delphos es, a primera vista, una organización familiar, ya que su presidente es Carlos Fluguerto Martí, Pablo y Nicolás Fluguerto Martí son secretario y tesorero, respectivamente, y Fernando Fluguerto Martí es el coordinador general. Luego aparecen como asesores los señores Jorge Castañerda y Luis García Mata, junto a otros dos ya fallecidos.

Para cumplir sus objetivos, la Fundación organiza cursos y conferencias sobre temas históricos y arqueológicos o antropológicos, expediciones a lugares que considera históricos y realiza investigaciones.

Bajo todo esto, se esconde el objetivo central, que es la búsqueda de los rastros de los Caballeros de la Orden del Temple, de los que aseguran que en los albores del pasado milenio, mucho antes de Colón, Magallanes y otros conquistadores, navegaron desde los puertos galeses hasta la Patagonia, donde habrían edificado al menos tres ciudades de los Césares –una sería el mencionado Fuerte, otra en la Meseta de Somuncurá, y la tercera en Chile, al norte de la isla de Chiloé– y que en la central habrían ocultado el Santo Grial, siguiendo su mandato eterno de protegerlo.


El Santo Grial y los Templarios

Según la leyenda, el Santo Grial fue el cáliz, copa o vaso que usó José de Arimatea para recoger la sangre de Jesucristo en la Cruz. En casi todas las versiones de la leyenda, es la misma copa o vaso usado por Cristo en la última cena.

De acuerdo a la versión española, el verdadero Grial es el que se encuentra en la Catedral de Valencia después de haber permanecido por mucho tiempo en el monasterio de San Juan de la Peña. Todos los demás estudiosos sostienen que se ha perdido o que sus custodios lo mantienen oculto.

Sangreal es otra denominación para el Santo Grial. La palabra refiere a “sangre real”, ya que, según la ideología antigua, Cristo era descendiente de reyes.

En la Edad Media existió un grupo de hombres que se hacía llamar la Orden del Santo Grial (La Orden del Temple o de los Caballeros Templarios), pretendían resguardar tanto el cáliz como la lanza con la que fue herido Jesucristo. Según ellos, el cáliz habría pertenecido al servicio de mesa de José de Arimatea, el rico comerciante judío que según la Biblia cristiana, organizó la Última Cena, y fue también usado por el mercader para recoger la sangre que manó de las heridas de Jesús.

José de Arimatea habría solicitado a Poncio Pilatos que se le entregara el cuerpo de Jesús, a quien hizo enterrar en una tumba de su propiedad, y la lanza con que fue herido (que quedó en su poder, junto con la copa).

En un viaje de negocios, José habría llegado hasta Albión (nombre mitológico con que se identifica a Gran Bretaña). Allí se quedó a vivir y levantó la capilla de Glastonbury. Se dice que antes de morir, José de Arimatea fundó la Orden del Grial para custodiar las reliquias, la que dio nacimiento, en el siglo VI, al rey Arturo y su corte de caballeros, que continuaron la custodia del Santo Grial, de acuerdo a la tradición celta.

Luego se perdió el rastro de la copa divina, lo que dio lugar a numerosas leyendas, historias y búsquedas a lo largo de los años. Una de esas leyendas, habla del viaje de los Caballeros del Temple a tierras patagónicas, donde pusieron a salvo el Grial de las luchas que se daban en toda Europa y las persecuciones de que era objeto esta orden de guardianes.


El buscador mayor

Dice Carlos Fluguerto Martí que en la Fundación Delphos que preside, mantienen como hipótesis que “el Santo Grial llegó a la Patagonia alrededor de 1307 pero ignoramos su ubicación actual, por eso continuamos estudiando, investigando y explorando los sitios claves para este tema”.

“Considero que la búsqueda en la que estamos comprometidos es la mayor misión de mi vida, pues el Grial es la realidad física y metafísica mayor y más trascendente de todo el mundo y de toda la historia», declara Fluguerto Martí, un ingeniero industrial y en Sistemas, con estudios en Buenos Aires y EE.UU.

Según aclara, el presidente de Delphos tomó contacto en 1987 con un libro que marcaría definitivamente su actual búsqueda. Se trata de “Perlesvaus o el Alto Libro del Graal” de autor anónimo, donde en su capítulo 11 se habla de un viaje por barco desde Gales hasta una remota “insula” cercana a una costa, donde el piloto no reconoce las estrellas y el navío queda “encallado en seco” debido a la enorme amplitud de las mareas.

“Desde 1997 comenzamos los trabajos de campo en esa zona, abarcando un rectángulo formado por las localidades de San Antonio Oeste, Valcheta, Ingeniero Jacobacci y Rawson, Trelew, el curso del río Chubut, y Trevelin en el extremo Sudoeste”, explica Fluguerto Martí, lo que se corrobora con los informes y fotografías que guarda el sitio web de la Fundación.

Delphos tiene la hipótesis de que una orden europea, galesa o celta, que ellos llaman proto-templaria, “construyó en esa franja por lo menos tres enclaves fortificados desde los primeros siglos de la era cristiana”. Y continúa: “Cuando en 1307 la Orden Templaria fue perseguida en Europa, la flota anclada en La Rochelle (Francia) se escapó y luego de buscar el Grial y otras reliquias, navegó hasta el puerto fortificado que estaba en El Fuerte, por así decir, esperándolos. A partir de ese momento, estos enclaves templarios se abandonaron voluntaria y organizadamente, y el Grial y las otras reliquias fueron trasladados a otro lugar que desconocemos por el momento y siguen guardados por esa misma Orden en forma encubierta”.

En base a los datos del libro “Perlesvaus o el Alto Libro del Graal” y otros “recogidos durante nuestra visita al sudoeste de Gran Bretaña en 1990, buscamos una meseta elevada y aislada en las costas de los golfos San Matías o Nuevo, y esta configuración orográfica se da únicamente en El Fuerte”.


Una isla que ya no está

El Fuerte es una formación rocosa de características bastante particulares. Es una gran meseta que se erige en las costas y alcanza los 153 metros sobre el nivel del mar. Observado desde lejos el Fuerte se parece demasiado a una isla.

Y tranquilamente pudo haberlo sido hace unos mil años. Hay quienes sostienen que para ese entonces el mar habría estado unos 20 metros más alto y que el río Negro habría tenido una segunda desembocadura, justo al sur del Fuerte.

Ese lugar de apariencia desolada esconde, según Fluguerto Martí, un secreto: es una ciudad de la Orden del Temple abandonada, que en sus tiempos de gloria albergó al Santo Grial.

En Delphos cuentan que según muchos historiadores, la Orden realizaba viajes frecuentes a América en tiempos precolombinos; por lo cual no debería parecer extraña la idea de que estableciesen ciudades en el continente.

La Fundación dice que se establecieron tres ciudades en la actual región patagónica: una sobre el Pacifico cerca de la ciudad de Osorno; otra en los antefuertes de los Andes; y la tercera sobre el atlántico dentro del Golfo San Matías donde se halla el Fuerte, supuesto enclave sobre el cual se extienden sus investigaciones.

El material cartográfico es uno de los mayores sustentos de su hipótesis. En un atlas editado en 1865 de Juan Antonio Víctor Martín de Moussy, un cartógrafo contratado por el gobierno de Urquiza, se hace referencia al Fuerte como “Ancien fort abandonné”. En otros seis mapas de la época se marca este sitio como un fuerte.

La Fundación Delphos decidió realizar numerosas expediciones a la zona del Fuerte. Desde diciembre de 1997 hasta noviembre del 2006 llevó a cabo más de 8 expediciones en las cuales pudo conseguir testimonios orales y algunos descubrimientos materiales.

En uno de los mapas que parece confirmar el pasado insular del Fuerte, dibujado por el español Cruz Cano, se hace referencia además a hombres blancos. En base a este dato la Fundación entrevistó a pobladores actuales que rememoraron un antiguo acuerdo secreto llevado a cabo entre sus ancestros y unos hombres blancos que hablaban una lengua extraña.

En cuanto a los hallazgos materiales, los investigadores de la Fundación encontraron en abril de 1998 un bloque de granito oscuro o piedra basáltica, que en una de sus caras tiene grabado en bajorrelieve una cruz de brazos iguales a la que denominaron “piedra templaria”. También descubrieron varias “tejuelas” o mosaicos de forma triangular con una cara alisada y la otra estriada que habrían sido parte del revestimiento de las construcciones que había allí.

Otros elementos encontrados que suscitan un particular interés fueron algunos hallazgos litográficos, como una moneda con una cruz, un círculo y una especie de media luna.

Con estos datos puede llegarse a la hipótesis de que el nombre del Fuerte no es azaroso, pero todavía es difícil vislumbrar la presencia del Santo Grial en aquel lugar remoto de la Patagonia.

La Fundación Delphos llega a esta conclusión luego de la lectura de varios libros y manuscritos antiguos en los cuales se relatan situaciones o se hacen descripciones que pueden encajar con su hipótesis. Pero no hay nada fehaciente que pueda llegar a manifestarnos este “secreto” como algo real.

En las páginas de la Fundación, se lee: “Siempre sostuvimos que el Fuerte habría sido una “ínsula costera” junto a la segunda desembocadura del río Negro (o Cuvu Leuvu) como lo denominaban los Tehuelches. Esta isla la señalaban los indígenas justo al norte de la desembocadura del río Negro que salía al mar por la Bahía Sin Fondo, es decir el actual Golfo San Matías”.

Para sustentar estas teorías, se apoyan en todo indicio que los ayude. Así consignan que en el libro “Crónica de la Colonia Galesa de la Patagonia”, del Rvdo. Abraham Matthews, se lee lo siguiente: “Algunos geólogos opinan que hace unos mil quinientos años, la Patagonia estaba bajo el nivel del mar, que batía entonces sus olas contra las montañas andinas. Después, abandonó primero las alturas que nosotros llamamos “el campo” y se redujo a los niveles mas bajos que ahora denominamos “el valle”. Al parecer, el valle era entonces un gran golfo que se internaba unas cincuenta millas tierra adentro. El mar se alejó paulatinamente de este golfo, que fue cubierto en fina capa por las aguas dulces que bajaban de los Andes”.

Nombran además un párrafo del conocido historiador chubutense Lewis Jones, de su libro “La Colonia Galesa”: “Se produjo luego otra regresión del mar, y entonces comenzó el ascenso de la tierra que continúa en nuestros días. No parece que este ascenso sea constante. A veces es más lento y a veces cesa. A ello se debe la serie de escalones de cantos rodados que muestran en los valles la posición de las sucesivas playas. El ascenso del continente ha sido medido con exactitud en el litoral chileno durante varios años y se ha precisado que es de siete décimas de pulgadas anuales. Del lado argentino también se eleva, pero más rápidamente. En Puerto Gallegos hay ahora mucha playa lejos de las que el mar cubre con las mareas, en la cual la vegetación no ha empezado a crecer todavía”.


En la Meseta

La Meseta de Somuncurá es el sector donde los discípulos de Delphos creen que se encuentra la principal ciudadela de los Césares, donde aún estaría oculto el Santo Grial.

Esta formación ocupa un vasto territorio del centro-sur de la provincia de Río Negro y el norte de Chubut, de unos 27.000 kilómetros cuadrados. Es una altiplanicie basáltica, con relieves de conos volcánicos, sierras, cerros que se acercan a los 1.900 metros sobre el nivel del mar, como el Corona, intercalados con lagunas temporarias y arcillosas.

La meseta es una formación con varios cañadones por donde bajan los arroyos que los provocaron. En tiempos pasados, la meseta fue cubierta en varias oportunidades por el mar. Muestra de ello son los restos de bivalbos y fauna marina que en ella se encuentran y las formas que las aguas tallaron en sus taludes formando golfos, cabos, puntas y bahías, hoy secas.

Dentro de la meseta se encuentran las poblaciones El Caín, en la provincia de Río Negro; y Gan Gan y Gastre en la provincia del Chubut. Las unidades de la Fundación Delphos la recorrieron en once oportunidades, entre abril de 2000 y marzo de 2006.

En la meseta de Somuncurá se encuentra un gigantesco cráter meteórico con un diámetro de cinco mil metros (el de Arizona, en EE.UU., tiene un diámetro de 1.500 metros). En la superficie se encuentran unos extraños “pozos que respiran”. Han sido denominados así ya que aspiran y expiran aire en un ciclo sinusoidal de 36 horas. La temperatura del aire expirado es de 5ºC y la humedad de 85% relativa. Según algunos visitantes, estas características indicarían que están en contacto con el mar, pero dada la distancia a que se encuentran de las costas, tanto del Atlántico como del Pacífico, han elaborado la teoría de que habría un conducto subterráneo entre ambos océanos, y el inusual ritmo de 36 horas en la “respiración” sería el resultado de la interacción de las mareas entre ambos.

Se han encontrado también en la meseta numerosas pinturas rupestres donde siempre se destaca la presencia de figuras como de cruces rojas de brazos iguales.


La búsqueda permanente

El Santo Grial no sólo es buscado por Delphos, ni la Patagonia es la única zona en que se lo trata de encontrar. También se lo ha rastreado por toda Europa, especialmente en tierras galesas y en Francia, en Tierra Santa y en numerosos lugares más.

Todos sus buscadores van encontrando rastros que confirman que están en la senda, aunque el resto sospeche que descartan los que puedan llegar a desviarlos o desmentirlos.

El cáliz físico que buscan puede estar en la Patagonia, en Cuzco o cualquier otra parte del mundo –y para muchos ni siquiera existe–, pero en todos sus buscadores, sea donde sea que anden olfateando rastros, provoca lo mismo: cada misterio resuelto devela nuevos interrogantes, que obligan a dedicar más tiempo y pasión, hasta que es más importante la búsqueda en sí misma que su resultado.

A través de los siglos, la Patagonia fue surcada por buscadores de ciudades maravillosas, tesoros ocultos, plesiosaurios, riquezas minerales y muchas cosas más, y cada uno de esos sabuesos impulsó, de algún modo, el conocimiento y también el progreso en muchas zonas aisladas.

Tal vez los buscadores hayan sentido en lo más profundo el acecho del fracaso ante los sucesivos yerros, pero vistos desde afuera y a lo lejos, su búsqueda no hizo más que alumbrar y purificar sus vidas, que es justamente lo que esperan obtener cuando sacien su sed bebiendo de la copa que albergó la sangre del rey de reyes.

Sabuesos de la nada

Hay animales y seres que solamente existen en la cultura popular, y hay otros que alguna vez pisaron la Tierra, y se extinguieron. A ambos los persiguen los criptozoólogos, señores sin otro afán en la vida que encontrar las huellas de lo que no existe o ya no está.



El número de especies de seres vivos, que transitan este planeta azul que compartimos y que han sido descriptas e identificadas por la ciencia a la fecha es de alrededor de 1,75 millones, de los cuales dos tercios corresponden al reino animal. Sin embargo, se piensa que este número es una subestimación de la cantidad real que vive sobre la Tierra, pues cada año se descubren varios miles de especies nuevas. Quienes así lo creen, estiman entre 5 y 50 millones el número real, dependiendo de las distintas estimaciones.

En los grupos bien conocidos, como mamíferos, aves y plantas superiores, donde los organismos son grandes, visibles y de interés público y taxonómico, el número de especies es bastante aproximado, pero en los grupos restantes sólo se conoce una pequeña parte del total que deben existir e incluso la estimación de este número es difícil. La dificultad es incluso mayor cuando se trata de bacterias y microorganismos.

Pese a esos números, que arrojan material suficiente para entretener al estudioso más exigente por décadas, hay una gran cantidad de señores distribuidos en todo el orbe, que se dedican a buscar lo que, según el conocimiento científico mayoritario –y en la mayoría de los casos, el sentido común– jamás encontrarán. Son los criptozoólogos.

El estudio de lo que no está

La criptozoología (del griego cryptos, oculto, zoos, animal, y logos, estudio; literalmente, “el estudio de los animales ocultos”) es la disciplina que domina el estudio y búsqueda de hipotéticos animales actuales denominados “críptidos”; los que, según sus acólitos, estarían quedando fuera de los catálogos de zoología contemporánea.

Los criptozoólogos buscan, en resumen, animales considerados extintos o desconocidos para la ciencia, pero presentes en la mitología y el folklore, algunos de los cuales con presencia en el andamiaje cultural de pueblos sin contacto entre sí.

El principio básico de la criptozoología, es dar como un hecho la existencia real de los críptidos, ya que algunas de las características que presentarían estos animales hacen creer que hay posibilidades de que estas criaturas existan.

Pero la criptozoología también se dedica al estudio de presuntos animales desconocidos, para lo que cuenta con una larga lista de testimonios e historias que los mencionan a través del tiempo, y que en algunos casos son reportados por algunos supuestos testigos que informaron avistamientos ocasionales entregando una descripción coincidente con las características de animales extintos.

Antiguamente, se asociaba a la criptozoología exclusivamente con las criaturas mitológicas presentes en mitos y leyendas, pero en realidad sus cultores sólo buscan aquellos críptidos que puedan ser calificados como tales, es decir, que presenten características descriptivas que hagan verosímil su existencia, que cuenten con testigos que afirmen haberlos avistado a ellos o a sus huellas, o que se trate de animales considerados extintos hace ya muchos miles de años. El famoso Monsotruo del lago Ness, el popular Pie Grande o el Nahuelito, entran en esta categoría, al igual que el elefante pigmeo (un elefante que cabría en la palma de la mano) o el kraken, un pulpo o calamar gigantesco, que según los escandinavos atacaba los barcos y se comía a sus tripulantes.

Al amparo de internet y las redes sociales, los criptozoólogos, que en su gran mayoría actuaban en forma aislada, han ido reuniéndose en páginas y sitios de divulgación, y hoy existen muchísimos foros en los que comparan notas y comparten sus hallazgos, que en su visión los acercan cada vez más al avistaje de esos seres que son negados por la ciencia.


Encuentros y desencuentros

La criptozoólogos reclaman para sí ciertos descubrimientos de la zoología tradicional hechos hace relativamente poco tiempo, aunque no hayan sido logrados por ellos, y los muestran como base para dar continuidad a su disciplina.

Igualmente, la criptozoología propone dentro de su ámbito a ciertos descubrimientos realizados por zoólogos regulares o por simple casualidad, los cuales son citados y utilizados como justificación de su disciplina.

Entre estos descubrimientos, los más conocidos son la mariposa esfinge de Morgan, el calamar gigante, el celecanto y el okapi.

La mariposa esfinge fue descripta antes de descubrirla, nada menos que por Charles Darwin, quien observando cierta variedad de orquídeas, predijo que debía existir una especie de insecto –que caracterizó como mariposa– con una trompa tan larga como para llegar al polen y permitir su reproducción. El insecto fue avistado a principios del siglo XX –cuarenta años más tarde de que Darwin lo predijera– y mostraba una trompa de 30 centímetros de longitud. En su nombre científico se agregó el término “praedicta”, que significa predicha, en honor al científico.

En 1887, un ejemplar de calamar gigante quedó varado en las costas de Nueva Zelanda. Se trataba de una hembra de 18 metros de largo. Luego, numerosos ejemplares han sido encontrados en distintas costas o en las profundidades marinas, el mayor con una longitud cercana a los 22 metros. Es un cefalópodo que vive en aguas profundas y cuyo tamaño promedio oscila entre los 4 y 13 metros. Para los criptozoólogos, son una muestra de la existencia del kraken, el calamar gigante de los escandinavos, con tentáculos de más de 30 metros.

El celacanto es un pez de aletas lobuladas que se creía extinto en el período Cretácico (hace unos 100 millones de años) hasta que fue capturado un ejemplar en las costas de Sudáfrica, en 1940. Datan del período Devónico (400 millones de años atrás) y la mayor cantidad de fósiles encontrados previamente, tienen una antigüedad de 350 millones de años. Junto con los peces pulmonados, son los seres vivos marinos más cercanos a los vertebrados terrestres, algo así como el eslabón perdido en el pasaje de la vida desde los mares a la superficie.

El okapi, por último, es el pariente vivo más cercano a la jirafa, similar a los jiráfidos que poblaron el Mioceno, hace unos 15 millones de años. Hasta su avistaje, en 2006, sólo se contaba con las descripciones de los nativos pigmeos del Congo y algunas pieles rescatadas. Se trata de un animal similar a un asno de color pardo-rojizo con rayas blancas y negras en las patas y cuartos traseros, que se lo consideraba extinto. Su figura es el emblema de la Sociedad Internacional de Criptozoología, pese a no haber sido descubierto –ni descripto previamente– por alguno de sus miembros.


Vox populi, vox dei

Se atribuye al zoólogo belga Bernard Heuvelmans (1916-2001) la invención del término criptozoología, a la que definió como “el estudio de los animales sobre cuya existencia sólo poseemos evidencia circunstancial y testimonial, o bien evidencia material considerada insuficiente por la mayoría”. Su libro “Tras la pista de animales desconocidos” es considerado el texto iniciador de la disciplina, aunque él mismo se lo atribuye al holandés Anthonid Oudemans, que en 1892 publicó el estudio “La gran serpiente marina”.

Heuvelmans preconizó que la criptozoología debía ser practicada con rigor científico, pero también con una actitud abierta e interdisciplinaria, dando a estos términos un sentido ajeno al de “rigor científico”, indicando además que se debía prestar especial atención a las tradiciones y creencias populares sobre las criaturas en estudio. “Aunque suelen estar cubiertas de elementos fantásticos e inverosímiles, las leyendas populares pueden contener alguna parte de verdad que pudiera ayudar a guiar la investigación de los informes sobre animales inusuales”, afirmó.

Como mencionábamos, el okapi, que por años fue conocido sólo por los relatos recopilados de los pigmeos congoleños, es usado como emblema de la Sociedad Internacional de Criptozoología, al que toman como todo un símbolo de especies que existieron antes en la tradición popular que en la literatura científica.

Actualmente, la criptozoología está en auge. Hay muchas páginas en la web de aficionados a los misterios y seguidores de esta disciplina, y numerosas empresas privadas y organismos públicos promocionan y apoyan económicamente a los criptozoólogos como un medio para vender sus productos o atraer turistas.


Discusiones científicas, y no tanto

La gran mayoría de los científicos critican a la criptozoología, a la que consideran una pseudociencia. Veamos algunos de sus argumentos, y la defensa de sus cultores.

Se alega que a veces los criptozoólogos modifican radicalmente las características de seres mitológicos o legendarios para hacerlas cuadrar con los rasgos de animales extintos y así darles verosimilitud, como en el caso del mapinguarí: los nativos de las selvas de Brasil y Bolivia lo describen como un monstruo humanoide horripilante que da fuertes gritos, tiene los pies vueltos del revés y posee una boca hedionda en el abdomen. Para los criptozoólogos, sin embargo, es un tímido y asustadizo megaterio.

También se recuerda que los criptozoólogos nunca han descubierto realmente un solo críptido ni hallado pruebas científicamente convincentes de su existencia, mientras que los zoólogos encuentran cada año cientos de especies nuevas, y que por ello, la criptozoología pretende hacer suyos ciertos descubrimientos de la zoología, y darles las características de un críptido.

Según los criptozoólogos, esa afirmación denota, o bien un absoluto desconocimiento de la historia de la zoología, o bien simple mala fe. Según ellos el problema de fondo radica en que la criptozoología, por su propia definición, es la única disciplina cuyos éxitos disminuyen su campo de aplicación: toda nueva especie descripta sale automáticamente de la criptozoología para entrar en la zoología. Un caso que se suele citar como descubrimiento de un críptido es el del kraken, que según ellos corresponde a los calamares gigantes. Pero las dimensiones y los hábitos alimenticios distan mucho de permitirles a dichos habitantes marinos poder envolver un barco y mucho menos comerse a los marineros.

Otra crítica. Cuando se aplica el método científico en una investigación, se debe estar dispuesto a descartar una hipótesis cuando no se cumplen las predicciones. Los criptozoólogos, por el contrario, mantienen sus creencias indefinidamente, sin que los resultados negativos les afecten.

La falta de evidencias a la hora de encontrarlos se justifica con explicaciones tales como “es un animal tímido”, “se esconde en áreas poco exploradas” o “su población es muy escasa”. Igualmente, de forma equivocada, hay “críptidos” originados en el folklore a los que se les asignan nombres zoológicos, violando las normas de la nomenclatura zoológica, se les describe y se les identifica con animales fósiles, etc; todo ello sin pruebas sólidas de su existencia.

Producto de lo mencionado anteriormente, en numerosas ocasiones, sucede que varios de los criptozoólogos no aceptan los argumentos científicos que van en contra de muchas de las presuntas pruebas que tendrían. Ejemplo de ello es lo que sucede con las supuestas huellas del Yeti, las muestras de pelo del Orank pendek (un homínido de baja estatura que viviría en Sumatra), o los numerosos videos y fotografías de las criaturas lacustres, que han sido descartados como pruebas científicas.

Además una de las grandes dificultades con los que cuenta la criptozoología es que resulta imposible desde un punto de vista racional y científico el demostrar la existencia de ciertos animales singulares. La explicación es sencilla: aquellos que mantienen la existencia de seres folklóricos o mitológicos como el monstruo del Lago Ness o Pie Grande, olvidan que la existencia de un único individuo de una especie de forma indefinida en la naturaleza, es genética y naturalmente imposible. Es necesaria una población mínima de individuos de una especie para conseguir la reproducción y asegurar la necesaria diversidad genética que les haga subsistir en su medio. Así, al admitir la existencia de “Nessie” por ejemplo, se estaría admitiendo implícitamente la existencia no de un sólo individuo sino de una población genéticamente viable de estos supuestos seres.

A partir de la creencia de que existe un ser único que conforme en sí mismo una especie, como el Yeti, muchas sociedades criptozoológicas adhieren a su vez a las teorías del creacionismo y, por lo tanto, no aceptan las evidencias de extinción o cambios.


La búsqueda es el camino

Cazadores de animales inexistentes, buscadores de elíxires u objetos sagrados o legendarios, exégetas de historias que nunca sucedieron, denunciadores de conspiraciones que jamás se llevaron a cabo.

La historia de la humanidad, especialmente a partir del siglo XX, está plagada de personajes, agrupaciones y sociedades más o menos visibles, que han modelado hipótesis, teorías y hasta verdaderos compendios pseudo científicos, no ya para explicar algo que se les presenta inexplicable o difícil de entender, sino para lanzarse a la búsqueda de cosas que en muchos casos ellos mismos imaginaron y les dieron entidad.

Las nuevas tecnologías de la comunicación, la web y las redes sociales, son campo fértil para que los que antes estaban aislados se encuentren y se potencien, renovando así sus creencias.

En todos, el elemento central no es el saber, sino la búsqueda en sí misma, que actúa como un motor que da vida y razón de ser a su existencia.

No importa si es Pie Grande, el Santo Grial, extraterrestres camuflados como humanos o santos en el infierno. Lo esencial es que puedan ser descriptos, que haya alguna leyenda que los sustente y que, por encima de todo, se tenga la profunda certeza de que nunca se lo encontrará.

Porque el objetivo es la búsqueda, que purifica y da sentido a la vida.


Los críptidos más buscados

En la lista de críptidos se enumeran los hipotéticos animales actuales que estudia y busca la criptozoología que, según sus partidarios, estarían quedando fuera de los catálogos de zoología contemporánea. Su objetivo es la búsqueda de supuestos animales considerados extintos o desconocidos para la ciencia, pero presentes en la mitología y el folklore. Estos supuestos animales vivientes son denominados «críptidos».
Este es un listado de los críptidos más conocidos:
Lacustres: Monstruo del lago Champlain, Monstruo del lago Ness, Nahuelito, Ogopogo, Manipogo, Kelpie, Waitoreke, Tortuga gigante lacustre, Storsjoodjviet, Vasstrollet, Tessie, South Bay Bessie, Igopogo, Zigua, Champ, Monstruo del lago Tianchi, Mokèlé-mbèmbé, Na-Dene, Monstruo Goshi-Narotig
Marinos: Kraken, Serpiente marina, Medusa gigante, Morgawr, Cadborosaurus willsi, Leviatán.
Terrestres: Bestia de Gévaudan, Bestia negra de Exmoor, Bunyip, Aka Allghoi Khorhoi, Chupacabras, Mokele-Mbembe, Mapinguarí, Emela-ntouka, Roa-roa, Oso Nandi, Shunka Warakin, Elefante pigmeo, Nunda, Hogzilla, Tatzewurm, Olgoi-jorjoi, Omajinaakoos, Sapo gigante de San Vicente
Humanoides: Barmanu, Humanzee, Pombero, Madremonte o Arkabuko, Orang Pendek, Pie Grande, Jucumari, Mohán, Yeti, Wendigo, Chuchuna, Orang Pendek, Yowie, Hibagon, Almas, Neandertal, Nguoi Rung, Yeren, Bar-manu, Kaki-besar, Batutut, Kung-lu, Bhanjakri, Vele, Mono rei, Sisimite, Koolokamba, Ulak, Shiru, Vasitri, Dwendi, Didi, Agogwe, Nanauner, Kikomba, Muhalu, Basajaun.
Otros: Kongamato, Saetón, Piasa, Pájaro del trueno, Rods.


Criaturas pseudocriptozoológicas
También existe otro grupo de criaturas a las que popularmente aún se identifica como críptidos, pero que la mayoría de los criptozoólogos modernos descartan que pertenezcan a su área de estudio, debido a que no presentan todas las características necesarias para ser consideradas como críptidas, tales como el mantener relatos constantes de su presencia a través del tiempo.
Estas criaturas son consideradas más forteanas o apropiadas para su estudio por parte de la parapsicología.
Entre ellas se mencionan: Diablo de Jersey, Hombre polilla o Mothman, Mujer alada de Vietnam, Tigre alado de China, Bestia de Loveland, Kasai rex, Demonio de Dover, Reptil Humanoide.


Criaturas criptozoológicas falsasIgualmente en la criptozoología, con frecuencia existen falsificaciones de supuestas criaturas que en algún momento fueron consideradas como críptidos, pero después de un tiempo se descubrió su inexistencia. Ejemplos de ello son el Gnomo de Gerona, los Sirenos y el Monstruo de Ras El-Khaimah.

La isla Sandy

Luego de sobrevivir por 136 años en mapas de navegación, atlas geográficos y los más modernos sitios de internet, la isla Sandy, situada en el Mar de Coral, desapareció de la faz de la Tierra.


A mediados de 2013, un equipo de investigadores de la Universidad de Sidney (Australia), capitaneado por la geóloga María Seton, emprendió una expedición a bordo del buque científico Southern Surveyor, con el objetivo de recorrer, relevar, medir y describir la isla Sandy y otros sectores del Mar de Coral, en Oceanía.
La isla Sandy no fue explorada jamás, aunque figuraba, con distintas formas, en los mapas científicos, en cartas de navegación con más de 130 años de antigüedad, e incluso en el híper moderno Google Earth.
Con ubicación en las coordenadas 19º 13’ 01,06” de latitud Sur y 159º 55’ 41,44” de longitud Este, aparecía como un territorio de tamaño considerable, en el Mar de Coral, a medio camino entre Australia y Nueva Caledonia, cerca del banco de arrecifes Bellona.
No poca fue la sorpresa de los científicos, cuando el Southern Surveyor llegó a las mencionadas coordenadas, y en el lugar solo halló agua, mucha agua salada y el fondo oceánico conteniéndola más de mil metros abajo.
“Hasta los mapas meteorológicos que tenía el capitán a bordo mostraban una isla en esa ubicación, pero la isla sencillamente no estaba”, dijo la geóloga Seton, que ya llevaba 25 días de navegación y reconocimiento en la zona.
“Comenzamos a sospechar cuando las cartas de navegación utilizadas por la tripulación indicaban una profundidad de 1.400 metros en un área donde nuestros mapas científicos y Google Earth nos mostraban la existencia de una isla de gran tamaño”, explicó la profesional australiana, enumerando que Sandy aparece en las publicaciones científicas desde 2000, pero que no figura en los registros del gobierno francés, que supuestamente tenía jurisdicción sobre ella, ni en cartas de navegación elaboradas a partir de mediciones de profundidad.
En ese momento, ni ella ni sus colegas lograban entender cómo la isla llegó a los mapas, ya que el sonar no daba muestra alguna de que se hubiera sumergido, erosionada por las olas, o cualquier otra explicación mínimamente aceptable.
“De alguna manera este error se propagó por el mundo a partir de un banco de datos que se utiliza comúnmente en los mapas”, afirmó Seton.
Ya de regreso a Australia y con la información del “no hallazgo”, comenzó la segunda investigación, que fue la de rastrear el error.
El Servicio Hidrográfico de Australia, que produce las cartas náuticas de ese país, explicó inicialmente, ensayando un posible motivo, que algunos cartógrafos incluyen intencionalmente datos fantasma en sus creaciones para prevenir que infracciones a los derechos de autor, a lo que Seton replicó que esto nunca ha sucedido con las cartas de navegación, ya que eso afectaría la confianza en el cartógrafo en cuestión, y podría poner en riesgo a cualquier buque que navegara un área creyendo que está llegando a puerto o que no correrá riesgo con la profundidad.
El sitio Google Earth, por su parte, aclaró que ellos no tenían nada que ver, explicando que siempre consulta varias fuentes autorizadas para elaborar sus mapas, que luego se superponen con las imágenes satelitales. “El mundo cambia constantemente y mantenerse al tanto de estas transformaciones es una tarea de nunca acabar”, dijo un portavoz del servicio.
Por su parte, Steven Micklethwaite, de la Universidad de Australia Occidental, que también formaba parte de la expedición del Southern Surveyor, relató: “Mientras nos reíamos de Google y navegábamos por la supuesta isla, empezamos a recopilar datos sobre el lecho marino”.
Cabe indicar que los datos así recopilados, serán enviados a las autoridades pertinentes para que se actualice el mapa como corresponde.

Aparece el culpable
Días más tarde de que la noticia de la isla perdida recorriera los círculos científicos primero, y las agencias noticiosas de todo el mundo después, un investigador neocelandés informó que habían hallado el origen del error.
Shaun Higgins, investigador del Museo de Auckland, aseguró que el misterio de la que ya se empezaba a denominar “isla fantasma del Pacífico sur”, que aparecía en los grandes atlas del mundo aunque no estuviera en el lugar indicado, se debe a un error de los datos recopilados por un ballenero en 1876.
Higgins, intrigado por esta historia, se sumergió en los archivos cartográficos del Museo, y pudo reconstruir la historia. Así concluyó que Sandy Island (isla de arena, en su traducción literal) fue “mencionada por el ballenero Velocity, que operó en esa región en la segunda mitad del siglo XIX”.
“Lo que tenemos en realidad es un punto en el mapa, anotado en la época y desde entonces ha sido repetido y repetido, cambiando de forma y tamaño”, concluyó. El error nunca se corrigió, y aunque las imágenes satelitales más modernas no la mostraran, nadie quiso arriesgarse a dejar de marcarla.
Los arrecifes que hay a pocos kilómetros al oeste de la supuesta isla, tal vez hayan dado la sensación de que algo había por allí, y no era cuestión de arriesgar. Al fin y al cabo, es preferible que un barco esquive algo que no existe, a que choque con un promontorio de tierra que se suponía que no debía estar allí.
Y como no era cuestión de dejar pasar una oportunidad tan marcada del reconocimiento de un error científico, en pocos días el sitio Panoramio –que almacena fotos de internautas ligadas a locaciones de Google Earth– comenzó a llenarse de supuestas tomas fotográficas de viajeros que habían visitado la isla Sandy.

¿Los gringos son capaces de esto?

A un poco más de 100 kilómetros al noroeste de la Península de Yucatán, bajo jurisdicción de México, hay otro espacio vacío, el que debería ocupar la isla Bermeja, sobre la que se ha escrito mucho y se especula demasiado.
La importancia de la isla, si hubiera existido, sería destacable, ya que correría las fronteras mexicanas más al este del Golfo de México, una zona rica en petróleo.
Justamente eso fue lo que motivó que a partir de 1995, diversas expediciones se aventuraran al mar abierto con el fin de localizar a Bermeja, pero nunca fue hallada.
La cuestión de la misteriosa desaparición de la Isla Bermeja se convirtió en capital a finales del siglo XX, cuando el presidente mexicano Ernesto Zedillo negociaba con su homólogo estadounidense, Bill Clinton, un tratado sobre la delimitación de la plataforma continental.
México ya había hecho movimientos diplomáticos en la ONU para asegurarse con el control de la Hoya de la Dona. La punta de lanza de la postura mexicana era el islote Bermeja, pero cuando en 1997 arrancaron las negociaciones, resultó que ya no estaba donde todos los mapas la venían situando desde el siglo XVI.
Ante tan sorprendente extravío, el gobierno mexicano ordenó una misión militar que localizara la isla. Era mucho dinero y mucho territorio lo que estaba en juego. El buque de la Armada Onjuku viajó hasta la latitud indicada en los mapas para corroborar la existencia de la isla, pero su sonar no pudo encontrar huellas del supuesto isloteen un amplio radio cercano a las coordenadas señaladas.
Finalmente, Zedillo y Clinton firmaron el acuerdo el 28 de noviembre de 2000, quedando el área de interés y la enorme riqueza de sus fondos bajo control estadounidense. Algunas estimaciones calculan en más de 22.000 millones de barriles el petróleo que perdió México al verse privado de esa zona del Golfo que lleva su nombre.
El caso de la isla Bermeja alimentó toda clase de especulacines conspirativas. Muchos no entendían cómo un pedazo de tierra citado por primera vez en 1570 y mencionado en publicaciones oficiales de fecha tan tardía como 1946 se había evaporado súbitamente. Un grupo de senadores del opositor PAN exigió la apertura de una investigación oficial, mientras crecían las voces apuntando a teorías sorprendentes. Se decía que la CIA habría podido volar la isla e incluso se apuntaba a la connivencia de los negociadores del tratado por parte mexicana con los intereses de los Estados Unidos. Los legisladores que exigieron una investigación oficial al respecto señalaron que “existen sospechas sobradas de que la inmersión fue provocada por la influencia del hombre”, y algunos aventuraron el uso de una bomba de hidrógeno para borarla del Golfo.
Diversos medios se preguntaban por entonces si eran los “gringos” capaces de haber hundido la isla para quedarse con el petróleo.
El asunto terminó siendo objeto de una investigación parlamentaria, cuyos responsables encargaron un informe a la UNAM. En 2009, el buque universitario Justo Sierra repitió la travesía del Onjuku para terminar llegando a las mismas conclusiones. En ese lugar no existe ninguna isla ni vestigios de que haya existido nunca. Las misiones que han visitado el lugar y han sondeado el fondo marino lo describen como una planicie, por lo que puede descartarse que en esas latitudes hubiera ninguna isla antes. La explicación científica oficial, la que hizo suya el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), es la de que la Isla Bermeja nunca existió o fue confundida con otra.

sábado, 4 de mayo de 2019

El triunfo de la burocracia

Cuando no sabemos por qué suceden las cosas, desarrollamos hipótesis que las expliquen y nos ayuden a seguir. El problema viene cuando, una vez que sabemos la verdad, seguimos aferrados a esas construcciones cual relatos mitológicos o verdades reveladas.


En 1957, un publicista norteamericano, James Vicary presentó el taquistoscopio, una máquina que serviría para proyectar en una pantalla mensajes invisibles que pueden ser captados por el subconsciente. Durante la proyección de una película, aparecerían fotogramas con mensajes como: “¿Tienes hambre?, come palomitas. ¿Tienes sed?, bebe Coca-Cola”. Según Vicary el resultado de sus experimentos fue asombroso: las ventas se dispararon.

La teoría de Vicary se filtró y dio pie al escritor Vance Packard para publicar su libro “Las formas ocultas de la propaganda”, que provocó una enorme preocupación en el siempre conservador congreso norteamericano, que emitió rápidamente una ley prohibiendo la publicidad subliminal. Como consecuencia, el taquitoscopio de Vicary nunca se utilizó.

Sin embargo, cuando estudios científicos trataron de replicar el experimento, el fracaso fue total. En 1962, finalmente, su autor reconoció públicamente que había manipulado los resultados, con el objeto de vender su idea.

En 1996, el profesor Charles Trappery, llevó a cabo 23 experimentos diferentes, no pudiendo probar en ninguno de ellos que los mensajes subliminales causen comportamiento compulsivo, ni la supuesta efectividad para aprender idiomas o cambiar hábitos y costumbres.

Pese a ello, más de 50 años después, un profesor de la materia Ciudadanía y Participación, de segundo año del secundario, le explica a sus alumnos, entre los que está mi hija, que la Coca-Cola inventó un sistema, que aplica permanentemente, para que todos los que van al cine salgan desesperados por tomar la famosa gaseosa.

Es que resulta más fácil –y más aún en la aldea globalizada de 2010– difundir una noticia descabellada o sin sustento real, que los estudios posteriores que demuestren que esa información era falsa.


Campanas

Cuando se toma una posición, favorable o contraria, frente a determinada cuestión, se lo hace partiendo de razones científicas, técnicas, ideológicas, personales, políticas, religiosas e incluso instintivas y hasta psicológicas. Y es lícito que así sea.

Pero también es lícito exigir que se aclare cuál es el precedente que ha llevado a tomar esa posición, máxime si por ella se trata de lograr que toda una sociedad actúe en consecuencia.

Si alguien sostiene, por ejemplo, que la tenencia de animales domésticos es nociva, está en todo su derecho de hacerlo, pero si pretende que esa tenencia se prohíba por ley, deberá al menos presentar estudios científicos de algún tipo (no opiniones, suposiciones o creencias; estudios) que confirmen su postura.

En ocasión de tratarse la ley de protección de glaciares, sucedió algo así. Los legisladores que la defendían fueron incapaces de demostrar –o no se preocuparon en hacerlo– que la minería, que era la única actividad que se pretendía prohibir, estuviera atentando contra los glaciares.

Sí se escucharon muchos argumentos contrarios a la minería en sí misma, pero la única base de sustentación eran las posiciones de las asambleas antimineras, las tergiversaciones informativas que cunden en muchos medios y, por sobre todas las cosas, el palmario desconocimiento que se tiene de la actividad.

Los mismos argumentos, en suma, que han llevado al diputado Pino Solanas a proponer una ley que prohíba la industria metalminera en Argentina, o que han guiado las críticas de ese y algunos otros sectores políticos al acuerdo social minero suscripto por la presidente Cristina Kirchner a comienzos de diciembre.

Para avanzar sobre normas que restrinjan actividades, costumbres, formas de comunicación, etc., que por definición estarán limitando de algún modo a la sociedad toda, es necesario, primero, afirmarlas en hechos concretos, en estudios científicos y en realidades. No hacerlo es actuar en función de mitos.


El secreto de las pirámides

El ser humano va construyendo su estructura comunitaria y vida en sociedad, mediante el dictado de normas que se tratan de aplicar al conjunto de sus integrantes.

Para hacerlo, se apoya en la experiencia, el progreso científico y los objetivos sociales que se construyen al amparo del consenso social.

Cuando se adolece de estos elementos, se desarrollan hipótesis que expliquen lo que no tiene explicación, para no perder esa organización, hasta tanto se cuente con los datos que permitan comprender, asimilar y reconocer los hechos o situaciones nuevas, y actuar en consecuencia.

Este sistema es un recurso cada vez menos utilizado. El avance científico, filosófico y tecnológico –sumado a la posibilidad de conocer otras experiencias, por más alejadas que estén, en tiempo real, merced al desarrollo de las comunicaciones– permite abordar las más disímiles cuestiones, con la mayor cantidad de elementos de juicio posibles.

El problema aparece cuando la sociedad prefiere construir sus hipótesis basándose en mitos o en silogismos de dudosa factura.

Hace pocos días, la NASA anunció con bombos y platillos un descubrimiento científico que cambiaría la forma de buscar vida fuera de nuestro planeta: se descubrió una bacteria que vive con elementos con los que se creía que era imposible que se desarrollara la vida.

En realidad, lo que descubrió gran parte del establishment científico, es que se estaba utilizando, para la búsqueda de vida extraterrestre, un mito, consistente en creer que la única forma de desarrollarse la vida en un planeta, es como sucedió en la Tierra. Simplificando: respirar otra cosa que no fuera oxígeno, no entraba en los planes, o tal vez obligaba a los cazadores de vida intergaláctica a pensar más allá de la propia experiencia.

Burocracia

Cuando se empezó a hablar del cambio climático –visible al cotejar cualquier estadística del clima de cualquier región del planeta–, se construyeron hipótesis, en las que el principal responsable era el hombre, descartando de plano cualquier información que dirigiera la mirada a los ciclos geológicos, la actividad solar o algún otro parámetro ajeno a la actividad humana y, por lo tanto, inmodificable.

A partir de esas hipótesis, se han estructurado grupos de trabajo, organizaciones estatales y privadas y entes supranacionales, que basan todo su trabajo, pero también su razón de ser, sus recursos, sueldos y prestigio, en seguir estudiando ese fenómeno, conformando una enorme burocracia cuyo principal riesgo no es que el clima cambie o que crezca el nivel de los océanos, sino que pierdan su razón de ser.

Entonces, se repiten hasta el cansancio los mismos argumentos, sin confrontarlos con los nuevos estudios, y muchas veces ni siquiera con la realidad.

Con la minería en nuestro país viene sucediendo algo similar. Se han construido mitos que sustentan el rechazo a la actividad, y los grupos que han logrado algún triunfo en sus propias jurisdicciones, pasan a recorrer el resto de los lugares donde se desarrolla la industria, para mantener viva la llama que los organizó y que, en muchos casos, es la que los sustenta. Y así, el mito triunfa sobre la razón.


Pensamiento único

El problema comienza a ser grave cuando los que podrían oponer argumentos serios a esa mitología, callan o no utilizan los mismos medios para comunicarlos.

Entonces, la opinión de un sector se transforma en pensamiento único, y se toman posiciones extremas.

Y comienzan a verse las consecuencias que hoy se viven en el sector: quienes se oponen a la minería son luchadores sociales, y quienes la apoyan son lobbistas, porque ante el silencio de la contraparte, la duda se transforma en certeza, la certeza en cuestión de fe, y la fe en verdad revelada, y solamente se puede oponer a una verdad revelada el demonio y los que han sido poseídos por él.

Argentina se encuentra en plena etapa de construcción de las bases que le permitirán en las próximas décadas afianzarse como nación, y las decisiones que tome hoy repercutirán por años en cada uno de los argentinos.

Por eso, más que nunca, es necesario que se tomen decisiones responsables, fundadas en el conocimiento y no en la pereza intelectual, y mucho menos en los intereses de las burocracias.

Y por sobre todas las cosas, es necesario que los que tienen algo que decir y que demostrar, como en este caso los actores de la industria minera, abandonen definitivamente los complejos y hagan oír su voz, en cada foro y espacio donde se produzca el debate.

Porque el silencio no es salud.


Cuando el mito vence a la ciencia
Por Aramis Latchinian*

Los osos polares están demostrando una versatilidad histriónica poco común, protagonizando los más diversos videos relativos al calentamiento global subidos al portal de Youtube en los últimos años. Osos que caen del cielo y se estrellan en el pavimento (Polar Bears Falling From The Sky!), osos que se depilan para soportar el calor (Shocking new evidence of Global Warming!) u osos deprimidos que se suicidan (Global Warming Warning Advert), son sólo una pequeña muestra entre decenas de fraudulentos videos producidos por las más diversas organizaciones, desde agencias de publicidad hasta las multinacionales ambientalistas de siempre (Greenpeace, WWF, etc.).

A través de un par preguntas sencillas intentaremos presentar al lector dudas más que razonables sobre el mensaje planteado por las piezas publicitarias mencionadas. ¿El planeta se está calentando por nuestras emisiones? ¿Los osos polares se están extinguiendo?

Los datos de campo muestran una tendencia al incremento de la temperatura (como tantas otras veces en la historia del planeta), pero cada vez son más los científicos de primer nivel que opinan que el calentamiento es de origen natural y que la causa es esencialmente el sol.

Cuando el “consenso científico” oficial, que penaliza la duda y la discrepancia, se empezaba a poner reiterativo, no sólo estalló el Climagate, que dejó en evidencia la manipulación de modelos y datos por parte del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC), sino que cristalizaron una serie de investigaciones publicadas en revistas científicas de primer nivel por algunos de los climatólogos y físicos más prestigiosos del mundo, quienes presentan argumentos difíciles de rebatir respecto al carácter natural del calentamiento.

Entre ellos, vale destacar las recientes publicaciones del astrofísico Henrik Svensmark, en las que se demuestra la correlación entre la actividad solar y la temperatura en la troposfera, modificando los ciclos de calentamiento y enfriamiento atmosféricos. Tan contundentes han resultado sus conclusiones, que miembros del IPCC han flexibilizado su discurso mencionando que “el efecto Svensmark” tal vez explicaría parcialmente el calentamiento y complementaría el efecto del CO2.

Veamos ahora el tema de los osos polares. Se anuncia como una prueba irrefutable del peligro de extinción que viven algunas especies, el que la población de osos polares haya disminuido un 0,3% en la última década. Lo que se omite decir es que la población aumentó un 500% en los últimos 50 años. Aún el descenso de 0,3% es discutido por expertos que aseguran que mientras la población disminuye en algunas zonas, en otras aumenta.

Tampoco se dice que la causa de esta disminución no tiene nada que ver con el calentamiento global, y que en realidad, los osos mueren a balazos porque una piel puede comercializarse en US$ 20.000, lo que hace que cada año mueran cientos de osos por los rifles de cazadores furtivos y peor aún, en muchos casos, debidamente autorizados.

Desde inicios de la década de 1970 cuando habitaban la región ártica cerca de 5.000 osos, la población fue aumentando hasta los 25.000 osos que hay en la actualidad. Sin embargo existe una campaña mundial muy enérgica para que sean declarados “especie en peligro de extinción”, con total prescindencia de lo que indiquen los datos de campo.

Entonces cabe preguntarse por qué eligieron a los osos polares para protagonizar esta nueva saga mediática del cambio climático. No cabe duda de que la utilización de animales le agrega efectividad al mensaje tocando la fibra emocional de la opinión pública. Además, resulta evidente que si se llegara al extremo de declarar a los osos polares en peligro de extinción, -siendo la primera especie en esta condición por causa del calentamiento global- las multinacionales ecologistas habrían ganado otra batalla a la ciencia (el Ecologismo derrotando a la Ecología), asegurándose el flujo de recursos necesario para sustentar sus propias maquinarias burocráticas y lograr una subsistencia que a todas luces depende más de la existencia del problema que de su solución.

* Aramis Latchinian es licenciado en Oceanografía Biológica y mágister en Ciencias Ambientales. Acaba de publicar el libro “Globotomía. Del ambientalismo mediático a la burocracia ambiental” (Ediciones Puntocero), disponible en Argentina.