jueves, 4 de febrero de 2021

Piedras

A propósito de la muerte de Flora Rodríguez Lofredo



“El reconocido historiador santacruceño Osvaldo Topcic me contó que, como consecuencia de la continua profanación de tumbas con fines científicos, las comunidades tehuelches comenzaron a elegir lugares de poca accesibilidad para realizar sus enterramientos, y que por tratarse de pueblos nómades, era costumbre dejar una piedra en recordación cada vez que transitaban por allí. Este poemario dedicado a la raza primigenia sólo quiere agregar una piedra sobre cada piedra que los recuerde”.

Así explicó Florita el porqué del título, Piedra sobre piedra, y el contenido de su último libro (o anteúltimo, porque el que estaba en proceso cuando la encontró la muerte, verá la luz muy pronto).

Flora Rodríguez Lofredo fue una gran persona, al menos del tipo de personas que a mí más me gustan: entretenida, dispuesta a disfrutar, sin demasiados filtros –y los pocos que usaba los fue perdiendo con la edad– y con un humor siempre a flor de piel.

En los medios locales ya se dijo que había pasado los 90, que nació en España y vino junto a su familia de muy pequeña, que escribió varios libros y obtuvo muchos, muchísimos galardones. 

También se mencionó por ahí que tenía los títulos nobiliarios propios de los que creen que apoyar la cultura es dictar resoluciones de tribuna: ciudadana ilustre, patrimonio cultural viviente, etc. Ella los aceptaba, aún a sabiendas de que la mayoría eran impuestos por personas que a duras penas leerían la tapa de alguno de sus libros, y que no harían nada más que darle un papel y sacarse una foto con ella. ¿Cómo no saberlo si  través de los años dedicó mucho tiempo a mantener funcionando la biblioteca que llevaba su nombre? Porque el reconocimiento había empezado y terminado en eso: darle un nombre y nada más.

Flora es de las personas que uno extraña más después de su muerte, o al menos así me pasa a mí. Personas que uno sabe que están y que puede visitar de vez en vez, compartir un té y seguir viaje, y aunque ese encuentro tenga lugar una vez cada tres o cuatro años, uno sabe lo doloroso que será saber que no podrá repetirlo.

“Se me termina la vida, Coqui”, le dijo Flora por teléfono, pocos días antes de morir, a su –mi– amigo Carlos Besoaín, a quien le había confiado la edición de su último libro. Pero no lo llamó para lamentarse por eso que presentía, sino para pedirle que terminara la tarea y se encargara de hacer publicar el trabajo. La charla terminó como siempre: los dos riendo y haciendo chistes (me lo imagino a Carlos rojo como un tomate y atragantado como se pone cuando la risa le sale del alma, porque más que reírse, disfruta de compartir la alegría con su gente).

Aunque ya casi no ejerzo el oficio, ya me avisó Carlos que el texto pronto llegará a mis manos para que lo transforme en un libro, como tuve el placer de hacerlo con sus últimos diez trabajos.

Esto no es un texto de homenaje ni un panegírico, ni mucho menos pretende ser un obituario. Solamente es una piedra puesta sobre alguna de las tantas piedras que Flora fue colocando sobre nuestra vida sureña, como símbolo del secreto de una vida espléndida que algunos compartimos.

Permítaseme un consejo: tomen algún texto de Flora de los tantos que andan dando vueltas –especialmente sus poemas y anécdotas– y léanlo. Que una piedra de recuerdo no se le niega a nadie, y mucho menos a una gran mujer.

Que qué de qué

Dequeísmo y queísmo, dos caras de una moneda falsa



El dequeísmo y el queísmo, son dos vicios idiomáticos muy comunes, pero su reconocimiento ha corrido distinta suerte, produciendo que el primero sea de uso frecuente entre quienes menor formación académica, en tanto que el segundo es un vicio normal entre hablantes más ilustrados, algo así como un mal uso por exceso de celo.

Esto se debe, posiblemente, a que así como el dequeísmo fue muy remarcado en la educación formal primaria y secundaria a lo largo de los años –al igual del famoso “antes de p y b va m”–, no se mención en los mismos claustros a su contratará, que es el queísmo.

Ambos vicios idiomáticos tienen un origen común, que es el uso (o ausencia) de la preposición “de” antes de la conjunción “que”, en un caso por celo idiomático (ante la duda, no lo uso) y en el otro por desconocimiento simple y llano.

Repasemos, entonces las reglas generales para saber cuándo usar “de que”, cuándo “que” y cuándo es indistinto.

1) No se debe anteponer “de” antes de una oración subordinada sustantiva de sujeto. Ejemplos: “Le preocupa que aún no llegó”; “me hace feliz que seas feliz”; “seguro que mañana llueve”.

En los casos en que esos verbos se usan en forma pronominal (alegrarse, enojarse, preocuparse), sí es obligatorio anteponer “de”. Ejemplos: “Me alegro de que se casen”; “me preocupo de que nada les falte”.

2) Si se trata de una oración subordinada sustantiva de complemento directo, tampoco se antepone la preposición “de”. El error habitual se da con el uso de verbos que se refieren a pensamiento, temores, comunicación o percepción. Ejemplos: “Creo que ganaremos el partido”; “escuché que te vas a casar”; “te dije que no lo hagas”.

3) Cuando se inserta la preposición de en locuciones conjuntivas que no la llevan, se incurre en dequeísmo. Ejemplos: “Pidieron que viajáramos juntos”; “a medida que me acerco, veo mejor”; “lo hice una vez que viajé”.

4) Es un dequeísmo común utilizar la preposición equivocada, (de) en lugar de la que hubiera correspondido (en). Ejemplos: “Insisto en que vengas”, “Me intereso en que te esfuerces”.

5) Con verbos pronominales que se construyen con un complemento de régimen (acordarse de algo, alegrarse de algo, arrepentirse de algo, fijarse en algo, olvidarse de algo, preocuparse de o por algo), es obligatorio usar antes el “de”. Ejemplos: “Me alegro de que no llegaras”, “Me acuerdo de que vivías cerca de casa”, “me acordé de que era tu cumpleaños”.

Ojo: en el caso de que esos verbos se usen en forma no pronominal, no se usa la preposición. Ejemplos: “Me alegró que no vinieras”; “olvidé que tenía que ir al dentista”.

6) Los verbos advertir, avisar, cuidar, dudar e informar, en sus acepciones más comunes, se usan de dos formas básicas: advertir a alguien y advertir de algo; avisar a alguien y avisar de algo; cuidar algo o a alguien, o cuidar de algo o de alguien. En consecuencia, la preposición “de” no es obligatoria.

Una forma de notar si debe emplearse o no la secuencia de + que, es transformar el enunciado en pregunta. Si notamos que es necesario agregar el “de”, lo usaremos en la enunciación. Por ejemplo,¿De qué se preocupa? (Se preocupa de que...); ¿Qué le preocupa? (Le preocupa que...); ¿De qué está seguro? (Está seguro de que...); ¿Qué opina? (Opina que...);; ¿Qué dudó o de qué dudó el testigo? (Dudó que... o dudó de que…).

7) Con verbos no pronominales que se construyen con un complemento de régimen, debe usarse la preposición: convencer de algo, insistir en algo, tratar de algo (en el sentido de ‘procurarlo, intentarlo’), etc. Ejemplos: “Lo convencí de que escribiera el artículo; “insistió en que nos quedáramos a cenar”; “trato de que estés a gusto”..

8) También debemos usar “de” con sustantivos que llevan complementos preposicionales: “Iré con la condición de que vayas a recogerme”; “tengo ganas de que llueva”; “ardo en deseos de que vengas a verme”.

9) Con adjetivos que llevan complementos preposicionales también usamos la preposición: “Estamos seguros de que acertaremos”; “estoy convencido de que llegarás lejos”.

10) “A pesar de que”, “a fin de que”, “a condición de que”, “en caso de que”, el uso de la preposición “de” es obligatorio.

11) En las locuciones verbales caber, o haber, duda de algo, caer en la cuenta de algo, darse cuenta de algo: “No cabe duda de que es un gran escritor”; pronto cayó en la cuenta de que estaba solo”; “nos dimos cuenta de que era tarde”.

No deben confundirse las locuciones “caer en la cuenta” o “darse cuenta”, que exigen de, con “tener en cuenta”, que no exige la preposición: “No tiene en cuenta que nos esforzamos”.

Como verán, es un resumen de muchas más posibilidades. Lo importante es prestar atención, tratar de que no nos guíe el temor a equivocarnos y, en todo caso, consultar a la RAE y su siempre útil Diccionario Panhispánico de Dudas (www.rae.es/dpd/).

martes, 15 de diciembre de 2020

Flora, un juglar dando la vuelta al mundo


En marzo de este año, pocos días antes de que empezara esta larga cuarentena que vivimos, Flora Rodríguez Lofredo –sin dudas, la mejor escritora de Santa Cruz– mandó a reimprimir su libro “Hernando de Magallanes, un destino, una vida”, cuya primera edición había visto la luz en marzo de 2007. 

Pretendía con ello nuestra querida poeta y contadora de anécdotas, mitos, leyendas y otras verdaderas delicatessen, sumarse así a la celebración del quinto centenario del paso del gran navegante por las tierras santacruceñas –más específicamente, por Puerto San Julián– y todo lo que produjo en esta tierra su presencia avasalladora, inmisericorde y al mismo tiempo movilizadora de una enorme cantidad de hechos posteriores.

La llegada de las medidas de aislamiento social, preventivo y obligatorio, antes de que la nueva edición del libro tocara el puerto santacruceño, pusieron en espera tanto al reparto de este interesante ejemplar, como a la celebración en sí, esperada durante tantos años por toda la comunidad sanjulianense.

Pero no interesa en esta pequeña columna el hecho del quinto centenario en sí –tema al que en algún otro momento prometo acercarme– sino la delicada factura de este libro de Flora, tal vez una de las mejores creaciones literarias que se han escrito sobre Magallanes y su largo periplo a través de los mares del mundo.

Con una sensibilidad que ha crecido con los años, la Lofredo decidió en su obra “Magallanes”, hablarnos como si fuera un juglar omnipresente, que va poniendo en palabras los hechos que jalonaron el epopéyico viaje y los sentimientos que desencadenaron en sus principales protagonistas.

Toma vuelo así, página a página, la sensación de que es un narrador del Renacimiento y no la querida Flora, quien va desgranando, acompañado de su laud, los momentos majestuosos y los más terribles, transportando al lector a la época en que sucedieron los hechos, y ayudando a comprender la impresinante aventura que protagonizaron Magallanes, Pigafetta, Elcano y el puñado de hombres que surcaron en la Nao Victoria y sus acompañantes, todos los mares que Europa conocía y los que ni siquiera se imaginaba.

Con el contrapunto de pequeños textos que dan contexto histórico, provistos por el historiador sanjulianense Pablo Walker, la obra de Flora es toda una aventura en sí misma, en la que destaca ese maravilloso don para captar profundamente el contexto y transformar su voz en la voz de los protagonistas. Un don que volvería a usar, en su poemario “Piedra sobre piedra”, en el que entrega su capacidad literaria para darles voz a los tehuelches y sus vivencias.

Flora es una gran escritora, con un profundo sentido del humor y una capacidad de entender y proyectar los mundos en los que se sumerge para darles voz. “Magallanes” es un acabado ejemplo de esa capacidad, que vale la pena disfrutar, no como obra definitiva sino como un hito más en el largo periplo de una autora que siempre ha buscado nuevas formas de comunicarse y hacernos disfrutar de la palabra.

Para quienes quieran acercarse al libro, aquí el link

https://drive.google.com/file/d/1WaiOfMR10DeA4M21WEcfbJKHWRXH-jaw/view?usp=sharing

https://drive.google.com/file/d/1BxkBNZsBM7SYIFSAKEAe5EMfB0L4PZw_/view?usp=sharing


martes, 13 de octubre de 2020

Ausencias

Foto: Horacio Córdoba (detalle)


Río Gallegos atraviesa uno de los momentos más difíciles de sus  casi 135 años de vida. El virus SARS CoV 2 hace estragos y ya ha generado cantidades enormes de fallecidos para lo que son las cifras habituales de decesos en esa ciudad. Los números no asombran en el resto del país porque se toman las cifras de toda la provincia, pero baste considerar que en un solo día –el más trágico– murieron más vecinos por Covid que los que se contabilizaban en promedio por todas las causas en una semana completa. Repito: en un solo día y por un solo motivo, murieron más personas que en cualquier semana del año pasado, por todas las causas sumadas.

El sistema de salud está colapsado, la mayoría de los pacientes llegan al hospital en situación ya muy difícil, y pareciera que los tratamientos que se aplican no son los óptimos, o que no se echa mano a todos los recursos. Incluso, se vive una inédita situación, en la que las autoridades niegan la posibilidad de aplicar un tratamiento –el de ibuprofeno inhalado– que ha sido positivo en muchos lugares del país –e inocuo en otros, en el peor de los casos–, y que sería un recurso más para frenar, o al menos mitigar, un panorama desesperante.

Lo triste es que la ciudad completa estuvo cerrada durante largos meses, en el convencimiento –hoy demostrado como totalmente erróneo– de que no moverse y clausurar toda actividad económica y social era un remedio contra el Covid, cuando solo se trataba de una estrategia de patear la pelota para adelante, a costa de dolorosos retrasos económicos, sociales y sanitarios que son un pasivo totalmente injustificado, máxime cuando existía un pacto tácito entre gobernantes y sociedad, que establecía que los ciudadanos se quedaban en casa mientras el gobierno multiplicaba los recursos sanitarios.

Pasó lo previsible: la infección se expandió como una mancha de aceite, porque no había anticuerpos en la sociedad y porque las condiciones de hacinamiento y falta de circulación de aire en hogares es un caldo de multiplicación propicio, y el sistema colapsó a la primera de cambio.

Y no hay nadie a quién echarle la culpa. El gobierno, con pequeños matices, es del mismo signo desde que volvió la democracia, y la actual gobernadora y su familia han tenido injerencia directa y continua en el sistema de salud en los últimos 30 años.

Amigos, conocidos, vecinos y parientes, van desapareciendo en el día a día. Galleguenses que no pudimos terminar de disfrutar, que se fueron y no pisarán más las calles sureñas. Vidas perdidas por una decisión que hoy se muestra equivocada, con el agravante de que quienes la tomaron proponen como única solución, insistir en lo mismo.

Enorme tristeza por un lugar que durante gran parte de mi vida sentí como propio y que hoy se hunde en el desamparo, pagando con la vida de decenas de vecinos, la decisión de abandonarse, de no construir futuro, de copiar los peores vicios y olvidar las mejores virtudes. 

martes, 15 de septiembre de 2020

El mundo no nos estaba mirando



En 1979 ingresé a la Escuela Normal Superior de Profesorado de San Nicolás (Buenos Aires). Con el título de bachiller en mano, iniciaba mi formación para ser profesor de matemáticas y física, algo con lo que soñaba desde años atrás. 

Cursé el primer año sin sobresaltos, rendí bien mis primeros finales en diciembre y en marzo de 1980, me tocó cumplir con el servicio militar, lo que me cortó totalmente el ritmo de estudios y provocó, en definitiva, que perdiera los 16 meses que duró mi encierro por aplicación de una obligación legal que si no se cumplía, llevaba al evasor a la cárcel.

Abro paréntesis. El servicio militar no me dejó otra cosa que malas experiencias: nunca me gustó la vida militar; me desagradan profundamente las armas y ejercer la violencia; me resulta inaceptable que existiera una ley que obligaba a perder la libertad por al menos un año; estuve quince meses con más arrestos que francos e imposibilitado de estar cerca de mi padre, que transitaba sus últimos años de vida; y tuve que escuchar diatribas contra mi propio estilo de vida y participar de operativos y patrullajes que avergüenzan. Me refugié en la literatura, escribí lo que después supe que serían mis últimas creaciones literarias, y eso me ayudó a que olvidara rápidamente el mal trago. Cierro paréntesis.

Cuando por fin me dieron la baja ya había perdido, además de todo el ciclo lectivo de 1980, el primer semestre de 1981. La enfermedad de mi viejo se agudizaba, tenía que hacer algo para vivir y había perdido completamente el ritmo de estudio. Resultado: a duras penas logré sacar las materias del segundo año, y ya no pude volver a retomar, ni en San Nicolás ni en Río Gallegos, a donde me llevaron las crisis internas, familiares y económicas.

Ser profesor de matemática y física quedó entre las cosas que me faltaron hacer y que me pesan, como otras de la que tal vez hable en otro momento.

Esta experiencia viene a cuento, porque es algo en lo que he pensado mucho en estos largos meses de cuarentena que ya no es tal, y de prohibiciones que no se pueden cumplir. Me imagino a los cientos de miles de chicos que tenían que empezar su carrera terciaria o universitaria, muchos de ellos lejos de casa, y que no lo han podido hacer, o que el desgaste de clases virtuales que no alcanzan, dinero que falta o restricciones que les cierran las puertas de las ciudades en muchos casos, los ha llevado a no poder continuar –o iniciar– sus carreras.

Ni hablar de los chicos que debían iniciar el primer grado, o el jardín, o el secundario.

La tozudez de un encierro que niega la posibilidad de volver a las aulas, y que visiblemente no ha servido para otra cosa que retrasar el efecto de la pandemia, se me muestra cada vez más inexplicable.

Se suponía que parábamos el país unas semanas –con todo el dolor y retroceso económico y social que ello podría conllevar para un gran número de argentinos– para mejorar el sistema de salud, ganar tiempo y organizarnos, de manera que el virus golpeara lo menos posible. Pero pasaron los días y se empezó a creer que los casos eran pocos y las muertes menos, gracias a escondernos, a guardarnos en casa mientras el resto del mundo se venía abajo. Pero nadie de los que toman las decisiones, tuvo en cuenta que es ilógico poner en cuarentena a personas sanas, que es imposible quedarnos guardados hasta que la peste pase o tenga un antídoto, que no podemos suspender eternamente nuestra vida.

Y nos hablaron de nueva normalidad, de que el mundo sería distinto, y de que todo colapsaría. 

Y empezaron a surgir las preguntas, cada vez más incómodas, contradictorias y difíciles de responder: ¿para qué nos preparamos si los recursos no alcanzaron? ¿qué sistema es el que prepararon? ¿cómo pretendían que hiciéramos para vivir encerrados, alejados de todos, ocultos para siempre? ¿somos nosotros los que estamos fallando, como sostienen quienes tomaron las decisiones, o es que era imposible mantener una estrategia destinada al fracaso?

Y así estamos hoy, con gente que pese al evidente error de estrategia, sigue pidiendo más encierro, más sacrificio y más fase uno, sin percibir que el problema es que no se puede combatir una peste escondiendo a los sanos eternamente, ni que todos los que tienen el virus están enfermos, como no todos los que damos positivo en la reacción Mantoux somos tuberculosos.

El problema no es argentino, exclusivamente: Perú y Colombia aplicaron estrategias similares, aunque por menor tiempo, y hoy nos siguen muy de cerca en las cifras. Igual, hemos sido los que más profundamente aplicamos la estrategia de cuarentena para los sanos, y esta semana llegamos al primer lugar en cantidad de muertos por millón.

Como agravante, nuestro dolido país dejó de tener límites entre municipios y provincias, y pasó a tener fronteras, muchas veces inexpugnables, porque nos gusta jactarnos de solidarios, pero lo único que les importó a la mayoría de comunidades, fue que si había algún enfermo, se quedara afuera, sin importar si llegaba al pueblo de fiesta o si traía comida, transportaba mercadería esencial o trataba de dar su último adiós a un familiar o amigo. Nada.

Y para empeorar, no se trata de una posición de un determinado sector político, porque la estrategia la aplicaron por igual sin distinción de colores ni banderías.

Y así estamos. Contando contagios y fallecidos, sin saber si esos números en sí son anormales, lógicos, esperables o disparatados. Y contando avasallamientos varios a la libertad, a los derechos más elementales y atropellos de toda calaña.

Terminaremos un año sin clases, un año mucho más pobres. Un año con más vínculos rotos y más desunión.

Un año en el que muchos enfermos de pequeñas y grandes dolencias, no se trataron.

Un año con más problemas dentales y oculares sin atender, con cloacas desbordadas que no se arreglan, semáforos que no se reparan, transportes que no funcionan y un miembro más de cada familia que se quedó sin trabajo.

El mundo no nos miraba con atención ni con envidia, como nos contaron allá por abril o mayo. El mundo ni siquiera nos miraba, y otra vez la región, el continente, casi todos los países, saldrán de sus respectivos problemas –como ya lo están haciendo– y seguirán avanzando sin nosotros, que gracias a estas medidas, tendremos un poco menos de compatriotas preparados para entender lo que viene.

jueves, 20 de agosto de 2020

La vida se abre paso

El 25 de mayo, la movilera de Río Gallegos Karina Taberne –que ha mantenido la información al día sobre la pandemia a través de sus redes sociales desde el primer día– publicó la foto que ilustra esta nota, y que es todo un símbolo de la desolación: un coche fúnebre transitando solo, sin acompañamiento de otros vehículos ni de ciudadanos a pie, el camino hacia el cementerio de la ciudad.

Ya habían transcurrido ocho semanas de cuarentena estricta y la ciudad sureña reportaba un puñadito de casos de Covid-19, todos importados y focalizados en el movimiento de personal de la zona petrolera. En todo el país, salvo los denominados esenciales, nadie se movía, nadie producía, nadie salía de su casa, ni siquiera para el ancestral rito de despedir a un familiar o amigo que hubiese muerto, aunque esa muerte no tuviera nada que ver con el virus, ni ninguno de sus deudos estuviera en riesgo.

Tengo –todos tenemos– amigos, conocidos, vecinos o parientes, que han pasado en estos largos meses de encierro y distanciamiento, por una situación parecida.

Las honras fúnebres, en las sociedades occidentales al menos, son una reafirmación de la vida: no honramos al que se fue, sino a lo que compartimos con él, y a partir de su despedida, comenzamos a construir una nueva forma de vivir sin su presencia. 

Porque la vida sigue y se abre camino, aún contra nuestra voluntad.


Miedos atávicos, reacciones antisociales


Las primeras medidas de distanciamiento social (cierre de museos y paseos públicos, reducción de frecuencia del transporte público, suspensión de espectáculos masivos) me sorprendieron en medio de un breve viaje a Buenos Aires, planificado con tres meses de antelación. A medida que el tren avanzaba en su lentísimo periplo de Córdoba a Buenos Aires, me iba enterando de que casi todo lo que tenía planificado visitar estaría cerrado al llegar, y al final solo me quedó mirar el Rosedal de afuera y dar una vuelta por el Jardín Japonés.

Los funcionarios nacionales negaban por entonces –12 de marzo– que fueran a cerrar las escuelas o que se aplicaran otras medidas más serias que las de evitar los espectáculos públicos. De hecho, se prometía que el fútbol no iba a parar más que por una o dos semanas. Había temas más serios, nos explicaron, como el dengue. Y también, los mismos científicos nos daban cátedra de por qué no era necesario usar barbijo, y hasta era contraproducente.

En ese viaje de ida, escribí algo al respecto: [Pelado y periodista: Viajeros](https://sergiodileo.blogspot.com/2020/03/viajeros.html)

Tres días más tarde, se anunció que las clases no empezaban, que el fútbol se cerraba y que las frecuencias de los transportes públicos se disminuían.

Regresé a Córdoba viendo espacios cada vez más vacíos, hasta que, días más tarde, se decretó la cuarentena para todo el mundo. Una cuarentena que se inició sin mucha planificación, dejando gente y actividades fuera de toda posibilidad y, lo que es peor, desconociendo el ritmo y la forma de vida de grandes bolsones de las grandes aglomeraciones urbanas, donde el quedarse en casa es muchas veces una quimera, porque no hay casa que aguante a tanta gente adentro, o porque sencillamente no hay tal cosa que pueda ser denominada una casa, cuando a duras penas se tiene un techo agujereado, dos colchones y un anafe a garrafa puesto sobre dos bloques inestables.

El miedo al virus pudo más. Las noticias del exterior espantaban y se tomaron medidas cada vez más duras. Muchos funcionarios locales y provinciales –apoyados por sus votantes, que todo hay que reconocerlo– desempolvaron su tradicional afinidad con la prohibición, con decidir sobre la vida de los otros y con lograr, en suma, que todos se comporten como la autoridad quiere que lo hagan.

Y así se nos vino encima esta larga reclusión, que ha costado tanto a tantos, y que parece que no ha servido de mucho, a la luz de los resultados actuales.

Sobre la decisión de esconderse, tan atávica, tan medieval, tan antievolutiva, también escribí algo, allá por principios de abril, cuando recién llevábamos un mes guardados: [Pelado y periodista: Postales de una temporada triste](https://sergiodileo.blogspot.com/2020/04/postales-de-una-temporada-triste.html).

Mientras tanto, en los barrios, en los rincones más apartados, la vida se seguía abriendo camino, porque hay que laburar y no podemos estar guardados eternamente. Solo quienes se atrevían a morir, lo seguían haciendo solos.


Comparaciones, que siempre son malas y discutibles


Pongamos algunas cosas en perspectiva, porque se tiran cifras y muchos se asustan.

Durante 2019, en Argentina murieron por todo tipo de causas, 965 personas por día. El 9% de esa cifra (32.000 compatriotas en todo el año) falleció por gripe y sus complicaciones. Si tenemos en cuenta que la incidencia de las enfermedades respiratorias se da en invierno, podemos afirmar que entre junio y setiembre murieron unas 200 personas por día por este motivo. Son cifras del año pasado, en que –al igual que en años anteriores– se aplicó la vacuna a gran parte de los grupos de riesgo.

No hay mediciones exactas de la cantidad de enfermos por gripe (mucho menos de portadores asintomáticos), pero si interpolamos el índice de mortandad, seguramente superan ampliamente los 6 millones, es decir el 15% de la población.

Las enfermedades y dolencias respiratorias producen una saturación de camas habitual en invierno. Quien ha necesitado ser internado de urgencia en esos meses, sabe que muchas veces se debe deambular de clínica en hospital buscando una cama libre.

La gripe española produjo estragos en la segunda mitad de la década de 1920. Como dato curioso, no se la denomina así por haberse iniciado en España. De hecho, se inició en Estados Unidos y se propagó a Europa con las tropas que viajaron a combatir en la Gran Guerra. Lo que sucedió es que España fue el único país europeo que dio a conocer noticias de la evolución de la enfermedad, porque al no estar participando en la guerra, no ocultó información. La cantidad de infectados es incierta, pero se afirma que en las trincheras, se llegaron a enfermar entre el 40 y el 80% de los soldados, falleciendo una cuarta parte de ellos. A la Gripe Española –que se cobró entre 20 y 50 millones de vidas, que duró varios años y que fue mucho más extensa y grave que lo que estamos viviendo ahora– no la frenó una vacuna, sino la inmunidad de la población y el propio decrecimiento en la letalidad del virus, que al igual que como lo estamos viendo ahora con el coronavirus, fue bajando su agresividad paulatinamente hasta transformarse en una enfermedad de muy baja letalidad.

Suspender la guerra y quedarse todos en sus trincheras hasta que llegara la vacuna, nos hubiera ahorrado muchos dolores de cabeza: no hubiese finalizado la primer guerra, ni sus consecuencias directas o indirectas, como la aparición del nazismo, la segunda guerra, la guerra fría, etcétera.

El dengue ha sido un problema serio en nuestro continente, y cada vez ocupa un espacio mayor en Argentina. Es visible el fracaso de las políticas implementadas al menos en las últimas dos décadas para frenar esta enfermedad, que no ha parado de crecer y es transmitida por un mosquito al que puede combatirse y del que se conocen todos sus hábitos y costumbres. 

Este año, se registró la mayor cantidad de infectados de la historia. En las primeras 24 semanas de este año, se registraron 55.244 casos, mientras que en 2016 (pico anterior) se habían contabilizado 40797 en el mismo período. Los valores no se han disparado de manera incontrolable porque aún no ha sido afectado de manera notable el conglomerado AMBA, pero año a año se acerca más a esa zona.

Ya que no han podido parar el mosquito, la posibilidad de quedarse encerrado con las ventanas bajas y los mosquiteros puestos sería una posibilidad interesante para enfrentar la enfermedad.


La vida se abre paso


Guardarse unas semanas para preparar el sistema sanitario tenía alguna justificación. Seguir guardados esperando una vacuna que demorará mucho más en llegar, y que posiblemente produzca el mismo efecto que si no nos hubiéramos guardado, ya no parece una tan brillante idea.

Algunos países tomaron medidas similares y otros las opuestas. El final del camino mostrará a quiénes les fue mejor y a quiénes no. El tema es que Argentina estaba mal, y pararla de la manera que se la paró, le ha hecho peor, y eso lo sienten los millones de habitantes que no cobran todos los meses, que no tuvieron de entrada permisos para circular o que aún siguen esperando que los dejen volver a trabajar.

Lo cruel es echarle la culpa a la gente –a nosotros– por elegir un camino que era insostenible más allá de 15 o 20 días.

Lo cruel es pretender que sigamos sin poder hacer lo que siempre hacíamos, que sea delito despedir a un pariente o brindar con un hijo. 

En los lugares donde la tormenta pegó antes y más fuerte, la vida finalmente se abrió paso, y con ciertas distancias y barbijos de por medio, ya todo vuelve a ser lo mismo. Nada se derrumbó y el mundo siguió andando.

Y nosotros aquí estamos, entretenidos en otra grieta, esta vez entre los que creemos que hay otra forma de enfrentar este virus y los que creen que la única opción es esconderse.

Viendo cómo algunos tratamos de hacer una vida lo más normal posible mientras otros siguen disfrutando del deporte de acusar, reprimir y asediar a cualquiera que ose intentar otro camino.

Y más allá de lo que pensemos unos y otros, y de quién acuse y quién responda, la vida, como siempre, se abre paso, y la cuarentena termina siendo una ley más para no cumplir en esta extraña y difícil Argentina.

martes, 21 de julio de 2020

Fabián y el señor Gutiérrez

Conocí a Fabián cuando era un chiquito de entre 11 o 12 años. Por entonces yo había adoptado a Julio Nervi como algo así como  mi hermano mayor –y su familia pasó de alguna manera a ser la mía en ese exilio autoimpuesto, equivalente a irse al exterior que fueron mis primeros años en Río Gallegos– y Fabián era una presencia habitual en el hogar de Julio y de otros integrantes del barrio de jóvenes profesionales y empleados de carrera que habían construido sus casas en el naciente barrio Jardín con la línea de créditos Reactivación del Banco Hipotecario y sobre terrenos cuyos titulares fueron rigurosamente seleccionados por la Dra. Ángela Sureda, cuando era intendenta de la dictadura militar. La pequeña barriada –casi una gran familia– se asentaba entre las calles Mitre y Alcorta, empezando en Villarino y terminando en la avenida Sureda, porque del otro lado de la calle estaba una parte del basural y el terraplén que contenía las mareas, porque hasta ahí llegaba la ría.
Yo vivía a una cuadra de allí, en un departamentito con mejores recuerdos que comodidades, y me cruzaba mucho con Fabián y con otros vecinos que fui conociendo, como José Tur, Nilda Azar, el Negro Chávez y la Tere García, esta última madre de Fabián. La memoria me juega una mala pasada y no recuerdo el nombre de su padre, profe de fútbol por entonces.
Había gente de todos los partidos, o de ninguna. De distintas edades pero que en general se llevaban bien y compartían lo mundano, como en cualquier barrio. Con el tiempo, una mudanza y la recomposición de mi propia vida, me alejé de ese grupo, aunque guardo afecto por los momentos vividos.
Teresa García era una referente como administrativa confiable, segura y, por sobre todas las cosas, incorruptible. Ya integraba la segunda línea de lo que entonces se conocía como Ateneo –que luego fue Frente para la Victoria Santacruceña y que hoy todos conocen con el englobador mote de kirchnerismo–, cuyo triunvirato conductor estaba formado por el mencionado Negro Chávez (un abogado cordobés con idas y venidas en la estructura y que terminó siendo una espada kirchnerista esencial en la justicia santacruceña, y que entre otros, cobijó en Río Gallegos y le hizo ganar espacio al influyente Carlos Zannini), el propio Néstor Kirchner y la que todos llamaban “la Bruja”, la actual vicepresidenta Cristina Fernández.
Pasó el tiempo y Fabián creció, y por los contactos de su madre y el conocimiento que tenía de casi todo el grupo gobernante, fue natural que se integrara al círculo íntimo de los asistentes todo servicio que siempre rodearon al que resultó siendo el matrimonio más famoso del país.
Yo dejé de verlo, prácticamente. No frecuentaba sus mismos espacios –y por suerte, mucho menos sus áreas de acción– aunque sí sabía que con poco más de 30 años ya tenía más dinero del que podía justificar, en autos, hoteles, propiedades y buena vida. ¿Llamaba la atención? La verdad que no demasiado. Al fin y al cabo, había tipos que laburaban menos y tenían fortunas mucho más grandes –e injustificables– que la que él mostraba.
Santa Cruz avanzó en algunas cosas y retrocedió en muchas otras mostrando esas miserias: con la aceptación y la tolerancia comunitaria hacia convivir con tipos y mujeres que se enriquecían siendo simples funcionarios o empleados, que supuestamente ganaban un sueldo medio y según ellos yugaban todo el día para poner de pie al país–o a la provincia o al municipio o a la dirección de limpieza de baños–, y sin embargo les quedaban ahorritos y tiempo para ser exitosos hoteleros, grandilocuentes constructores, imparables restauranteros o fabulosos vendedores de autos de lujo.
Muchos hacían negocio con ellos, otros vivían de ellos, unos cuantos más simplemente soñaban con ser algún día como y ellos, y una triste comparsa detrás andaba abriendo la boca para que estos infames personajes les dejaran caer unas migajas con qué alimentarse mientras usufructuaban el cargo que ostentaban en beneficio propio y de sus propias familias.
Yo los vi y los conocí. No me lo contó nadie. Y en el tiempo en que ellos se llenaron de guita mal habida, muchos trabajaron políticamente con ellos (algunos pocos hoy son entrañables amigos), los apoyaron y no tocaron ni un centavo. Y fueron tan honestos que la mayoría hoy languidece esperando la jubilación o cuidando que los otros (los que no están autorizados) no roben, como sucedía con la Tere García, 30 años atrás.
Fabián llegó muy joven a ese mundo de la plata demasiado fácil, el usufructo del cargo para beneficio propio y el dinero en cantidades obscenas corriendo por sus manos. No necesito pruebas para afirmarlo, basta con ver su situación patrimonial luego de poco más de 15 años de ser empleado público al servicio de sus amados Néstor y Cristina.
Y fue ese mundo el que lo llevó a estar en el lugar equivocado, en el momento inapropiado y en manos de personas que opinaban que no era necesario pasar tantos años de devoto servicio para juntar la tarasca, si se podía hacerse de ella con un simple apriete.
Y así murió. De una manera atroz, con un sufrimiento hasta su último aliento que nadie debería tener que soportar. Ninguna de sus malas decisiones, tropelías y aprovechamientos, ninguna de sus deshonestidades y jugadas reñidas con la más simple ética, podrían justificar nada de lo que le pasó.
Solo un juicio y la cárcel –o al menos, en este país tan poco propenso a  castigar estas cosas, el rechazo y consiguiente repudio social– hubieran sido si no suficientes, al menos aceptables.
Pero le pasó lo peor. Y así como nunca pude reconocer en el gordito canoso en que se convirtió el impunemente llamado “empresario” Gutiérrez, al Fabiancito del barrio Jardín; tampoco puedo dejar de ver por estos días, cada vez que cierro los ojos, el rostro ensangrentado, desfigurado  por un dolor que no me animo a imaginar, torturado hasta lo inexplicable, ya no al señor Gutiérrez, sino a Fabián, aquel chico que conocí cuando tenía entre 11 y 12 años y yo apenas el doble, que es decir casi la misma edad que los acusados del horrendo crimen.
A Gutiérrez puede que lo hayan llevado a la muerte sus malas decisiones, su falta de ética y la forma en que decidió construir su riqueza.
A Fabián, en cambio, la que le hizo atravesar el peor de los calvarios en su paso a la muerte fue su propia comunidad, la que en algún momento decidió que no era tan malo hacer las cosas así, si se recibía algo a cambio.
Los familiares de las víctimas de Once sostienen que la corrupción mata, Los familiares, vecinos y amigos de Fabián deben empezar a  entender, de una vez por todas, que mata de la peor manera, y que se ensaña especialmente con los chicos.