viernes, 9 de julio de 2021

Dawson y el fraude de Piltdown


En la primavera boreal de 1908, unos obreros que buscaban extraer grava de un pozo para usarla en la reparación de una ruta en el poblado de Piltdown (sudeste de Inglaterra), se toparon con lo que a primera vista supusieron que era la cáscara de un coco, algo de por sí raro en esas latitudes donde si hay algo que falta son las palmeras.

La noticia llegó rápidamente al conocimiento de Charles Dawson, quien administraba, entre otras, la finca donde se produjo el hallazgo. Basado en sus conocimientos de arqueología, a la que era aficionado, Dawson supuso que se trataba de un craneo muy inusual. Según su propio relato, en ese momento revisó el pozo y no halló nada más.

Cabe acotar que el arqueólogo aficionado también era un anticuario de la zona, y ya contaba con varios descubrimientos extraños en su haber: los dientes de un mamífero de Mesozoico del que no había antecedentes (el plagiaulax dawsoni), varias plantas también bautizadas dawsoni, un reptil (iguanodon dawsoni) y una estatuilla romana de hierro fundido.

Los hallazgos tenían de excepcional no su cantidad (porque en esos años todavía se producían descubrimientos con relativa frecuencia), sino que en todos los casos se podían definir como anomalías, ya que todas las especies, al igual que la estatuilla, no tenían antecedentes de ningún tipo en la zona.

Pasó el tiempo y en febrero de 1912, el paleontólogo del Museo de Historia Natural de Londres, Arthur Smith Woodward, recibió una carta de su amigo, nuestro Dawson, en la que se le anoticiaba de que en un yacimiento de Piltdown, se habían encontrado, además del mencionado fragmento de cráneo de 1908, piezas dentales y otros restos humanos de un hombre muy antiguo. De hecho, el anticuario sugería que se trataría de un ejemplar anterior al más antiguo conocido hasta el presente: el “Hombre de Helderberg”, que fuera encontrado poco tiempo atrás en las llanuras alemanas.

La referencia a Helderberg no era casual. La rivalidad entre germanos e ingleses previa a la guerra, exhibía sus réplicas en todos los niveles sociales y culturales, y la paleontología no era ajena. El eslabón perdido era buscado permanentemente, y encontrar que el primero era inglés y no alemán, daba una pátina nacionalista nada desdeñable.

La descripción del cráneo reconstruido del Hombre de Piltdown, abrevaba en las teorías evolutivas de la época, luego descartadas por la propia ciencia en sucesivos hallazgos posteriores: cercano a los humanos en la parte superior y más simiesco en la mandíbula, mostrando que primero había evolucionado el cerebro y luego se había adaptado la mandíbula, para corregir la alimentación, como se pensaba que había sido el derrotero evolutivo.

Los restos tenían además su propia frutilla del postre: un utensilio tallado del hueso de un elefante, algo totalmente inusual en humanoides de esa datación, y mucho menos en las islas británicas.

Woodward analizó los restos hallados por Dawson y aseguró que el espécimen pertenecía al pleistoceno, o sea entre 2,59 millones y 10.000 años a. C., y su nombre era Eoantropo dawsoni, y lo denominó “el hombre del alba”, ya que era el antepasado más antiguo jamás encontrado.

Hubo discordancias, escepticismo, pero el científico fue contundente en sus argumentos: habían sido hallados en la misma zona, tenían el mismo estado de fosilización y más. Además, dijo, los molares eran notablemente humanos por una características imposible en los primates: estaban gastados, algo irrealizable fisiológicamente para los monos que poseen grandes colmillos. Afirmaba además que el Hombre de Piltdown debía considerarse como el eslabón perdido que probaba la exactitud de la teorías de Darwin.

Algunos científicos de la época, entre ellos el reconocido anatomista David Waterston, se permitieron dudar de la validez del hallazgo, argumentando que se trataba de partes de humanos y de simios combinadas, pero el hermetismo con que se manejaban los hallazgos y la posibilidad de ser cuna del primer hombre, acallaban esas disidencias.

Poco tiempo después del primer hallazgo, Dawson encontró más restos que abonaban sus conclusiones en otro yacimiento cercano, pero las dudas comenzaron a ganarle a los fanatismos, y fue el alemán Franz Weidenreich quien, en base a estudio de fotografías y descripciones (porque no tenía acceso a los restos físicos), concluyó que se trataba de un rompecabezas armado con un cráneo moderno, una mandíbula de orangután y dientes de la misma especie, convenientemente limados.

Poco a poco, el Hombre de Piltdown fue quedando fuera de la ciencia, en parte porque en la segunda y tercer décadas del siglo pasado se realizaron muchos descubrimientos antropológicos, y también porque salvo Dawson, nadie más halló rastros prehistóricos en la zona, ni de otros especímenes.

Sin embargo, no fue hasta 1953, que se descartó completamente la validez de los hallazgos, a partir de un cuidadoso estudio publicado en el boletín del Museo de Historia Natural londinense, en el que tres renombrados científicos demostraron, mediante técnicas modernas, que el viejo y querido Piltdown era todo un fraude, tal como lo había caracterizado en su momento Weidenreich.

Si bien Dawson había fallecido varias décadas, en 1916, las investigaciones sobre el peculiar caso –que llegaron hasta bien entrado este siglo– demostraron que el aficionado inglés había sido el que fraguó las pruebas y hallazgos, enterrando restos para luego encontrarlos, todos convenientemente envejecidos con tintes especiales, limados y rellenados con  grava y pasta para amalgamas dentales.

Lo curioso de esta historia es que muchos científicos de la época fueron partícipes involuntarios del engaño, como dos sacerdotes jesuitas que se unieron a Dawson en las excavaciones, encontrando algunos de los restos que el mismo anticuario había enterrado antes; el famoso escritor escocés Arthur Conan Doyle; y hasta nuestro conocido y venerado Perito Francisco Pascasio Moreno, quien junto a Woodward, llegó a ser sospechado en algún momento como partícipe del engaño, lo que las investigaciones posteriores descartaron de plano.

¿Qué lleva a un hombre ilustrado como Dawson, a fraguar tamaño engaño y mantenerlo en el tiempo? ¿Qué características personales debe tener para convencer para su causa a personajes altamente formados, como Moreno, Woodward y Conan Doyle?

Tal vez el inicio del fraude haya sido un error de apreciación, pero en vez de reconocer el yerro, lo alimentó para esquivar la supuesta deshonra.

O quizás se sentía un patriota, que llevó honor a su tierra (aunque de manera efímera, en este caso), instalando el mito de que el padre de la humanidad era un vecino de su propio barrio.

No sabemos. Dawson murió incluso antes de ser sospechoso, y muchos de los que inocentemente lo ayudaron, como el propio Woodward, creyeron en su aporte incluso cuando la realidad empezaba a ser evidente.

Muchos escritores también han caído a lo largo de la historia, en fraudes como el de Dawson, plagiando obras de otros, apropiándose de guiones, historias o ideas que nunca fueron de ellos, con diversos niveles de éxito.

Hoy, con los motores de búsqueda cada día más inteligentes, resulta muy complicado plagiar, robar, copiar y pegar.

Pese a ello, muchos lo siguen intentando, especialmente los hombres. Es que para muchos, el ansia de reconocimiento es casi una pulsión de vida. O porque, como lo explicó Alejandro Dolina en su buena época, “todo lo que hacemos es para levantar minas”.

(Artículo publicado en la edición de invierno de 2021 de revista La Rama https://revistalarama.com/)

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